Recuerdo con nostalgia cómo mi padre me lo contó decenas de veces mientras comíamos en casa.
Volvía del trabajo hastiado. Veía cómo la empresa donde trabajaba iba de mal en peor. Y él, que lleveba cuarenta años en la misma fábrica de zapatos, haciendo la misma tarea, conocedor como nadie de aquellas labores, sufría a diario la estupidez de un jefe empeñado en culpabilizar a los trabajadores de lo mal que le iban las cosas mientras que no paraba de dar palos de ciego en busca de la solución a sus problemas. Contaba mi padre cómo, con humildad, trataba de decirle al dueño de aquel tinglado cómo él mejoraría algunas partes del proceso de fabricación, de forma que se redujeran los gastos, que mejorara la calidad del producto y que, por tanto, aumentaran los beneficios. Pero el dueño, por aquello de que «piensa el ladrón», hacía justo lo contrario de lo que le aconsejaban sus trabajadores, argumentando siempre que ellos lo único que querían era trabajar menos. No se fiaba ni de su sombra y, receloso, nunca escuchaba la opinión de los que mejor sabían lo que aquella fábrica necesitaba. Desde el desconocimiento y la ceguera que, sobre el proceso de fabricación, le proporcionaban las paredes de su despacho, despotricaba continuamente sobre todos los trabajadores, cambiaba esto y aquello mientras aumentaba el malestar general de todos los trabajadores y sin encontrar nunca la solución.
Recuerdo con tristeza la impotencia que sentía mi padre, que se había partido la espalda por levantar aquella fábrica durante cuarenta años, cuando veía cómo la inutilidad y el orgullo de aquél jefe desconocedor de lo que realmente sucedía entre aquellas paredes estaban dando al traste con algo que era su único medio de vida. Si se hundía aquel barco, se veía en la calle. Pero también vería cómo lo que él había ayudado a levantar con sus propias manos se iba a derrumbar.
Mi padre no tenía estudios, no era un gran emprendedor y no sabía de números más allá de lo necesario, pero sabía perfectamente lo que necesitaba aquella fábrica para funcionar mejor y nunca nadie le escuchó.
Y yo, que veo tantísima similitud entre la historia de mi padre y el sistema educativo actual, me siento igual de decepcionado con el mundo. Peor aún; me siento mucho más decepcionado con el mundo, porque mi padre fabricaba zapatos y yo «fabrico» futuros ciudadanos, personas, aquellos que mañana llevarán las riendas de nuestra sociedad. Y, entenderá todo aquél que lea esta reflexión, nos podemos permitir fabricar zapatos defectuosos, pero no nos podemos permitir formar a personas defectuosas.
Así no se construye futuro.
